Ante el incesante frío de la culpa,
no puedo dejar de lado tu imagen.
Ese sortilegio de maravillas
que hace el hoy un todavía:
tu contorno ajeno,
tu sonrisa lejana,
tu mirada perdida.
La frivolidad de nuestro silencio
es un retrato de lo innegable.
Como un Murphy en pubertad,
el tiempo se burla de lo inevitable,
de tantos "lo que pudo ser".
Lo innegable es que sigues presente
en la ausencia que me produces.
Me tienes entre el tiempo y la pared,
consechando la existencia.
Necesito de tu realismo mágico en todo mi cuerpo,
quiero compartir contigo la promesa finita del sentir,
o, como diría un compañero de ocio epiléptico,
el sentipensar de los mancos de corazón.
Mi mente se pierde en el galope de tu guitarra.
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